La fiesta fue para unos pocos

Hace unos días , en medio de una polémica decisión económica, el presidente Javier Milei pronunciaba la siguiente frase : “El beneficio de retenciones fue para el más vivo, no podemos hacernos cargo de los dormidos.”
La declaración surgió tras un manejo controvertido de la quita de retenciones al sector agropecuario, una medida que, bajo el argumento de liberar las fuerzas del mercado, terminó beneficiando principalmente a los grandes jugadores del campo. En aquel momento, el discurso presidencial buscaba legitimar la idea de que en la nueva economía argentina sólo sobrevivirían los más ágiles, los que entendieran las reglas del juego liberal.

En un análisis reciente de @radioconvos899, que muestra el descontento creciente de los pequeños productores frente a la actual política económica, reaviva el sentido de esa frase. Lo que entonces se presentó como un acto de “racionalidad económica” hoy se traduce en un cuadro de asimetrías profundas: mientras los grandes conglomerados agroexportadores consolidan ganancias extraordinarias, miles de chacareros y cooperativas locales enfrentan costos dolarizados, falta de crédito y una presión impositiva que los asfixia. El relato meritocrático del gobierno —que celebra al “vivo” que sabe aprovechar la oportunidad— se estrella contra la realidad de quienes nunca tuvieron acceso a las mismas condiciones de juego.

La eliminación selectiva de retenciones, sumada a la concentración del mercado, configuró un escenario de competencia desigual. En los últimos meses, el mapa agropecuario argentino muestra cómo los grandes grupos —algunos con presencia multinacional— ampliaron su control sobre la exportación de granos y sobre la tierra cultivable. Los pequeños productores, en cambio, denuncian la ausencia de políticas de amortiguación que compensen su desventaja estructural. En ese contexto, las palabras de Milei adquieren un sentido casi cínico: la economía que prometía “libertad” terminó liberando aún más a quienes ya tenían poder.

El malestar rural se traduce en protestas y reclamos cada vez más visibles. Productores medianos del interior bonaerense y santafesino hablan de “traición”, y apuntan directamente al ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, como responsable de un esquema que favorece a los grandes exportadores mientras los pequeños quedan a la deriva. En los foros y redes del sector, la bronca se mezcla con desconcierto: muchos de esos productores habían acompañado con esperanza el cambio de gobierno, creyendo que la desregulación traería alivio. Hoy, ven cómo el modelo concentra ganancias y profundiza la desigualdad.

Más allá de la coyuntura, el episodio invita a una lectura más profunda sobre el tipo de país que se está configurando. La retórica del “más vivo” como ideal de éxito instala una moral económica que naturaliza la exclusión: si alguien queda fuera, es porque “durmió”. Pero el campo argentino, históricamente diverso y atravesado por tensiones entre capital y trabajo, revela que no se trata de un problema de astucia, sino de estructura.

En la Argentina de Milei, la promesa de libertad económica parece cada vez más un privilegio de pocos —y un costo social que pagan los que no fueron invitados a la mesa del mercado.


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