El Monte Everest, símbolo de desafío y grandeza, enfrenta una crisis silenciosa: la acumulación de basura en sus laderas. Imágenes recientes muestran restos de expediciones —botellas, latas, cilindros de oxígeno y carpas rotas— atrapados en el hielo, convirtiendo la montaña más alta del mundo en un basural congelado.

Cada temporada, cientos de montañistas dejan residuos que permanecen allí durante décadas debido a las bajas temperaturas. La contaminación no solo degrada el paisaje, sino que amenaza un ecosistema extremadamente frágil y pone en evidencia el impacto del turismo de altura sin controles suficientes.
Para revertir esta situación, comunidades sherpas y autoridades locales impulsan operativos de limpieza cada vez más ambiciosos. A las tareas tradicionales se sumó el uso de drones capaces de trasladar basura desde zonas peligrosas, reduciendo riesgos humanos y acelerando el retiro de desechos.
Aunque los avances son significativos, el desafío continúa. Mientras la afluencia de visitantes no disminuya y la conciencia ambiental siga siendo limitada, la lucha por devolverle pureza al Everest seguirá pendiente.
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